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23 Noviembre 2005

Myanmar, un país con dos caras

Extensión: 678.000 m. cuadrados
Población: 43 millones.
Capital: Pyinmana (hasta nov. 2005 la capital era Yangón)
Esperanza de vida: 56 años (79,5 años en España)
Religión: Budistas 89%, Cristianos 4%, Musulmanes 4%, otros 3%
Renta per capita anual: 1.400 Euros


La cara amarga:
Myanmar, antes conocido como Birmania, está gobernado por una Junta militar autoproclamada en 1962. Desde entonces el pueblo birmano vive sometido a una dictadura férrea y falta de derechos humanos básicos como la libertad de expresión, de movimientos, o cualquier tipo de poder democrático. Las únicas elecciones democráticas que se celebraron en 1990 dieron con Aung San Suu Kyi, líder del principal partido de la oposición, en la cárcel tras obtener una mayoría absoluta aplastante. El ejército, al servicio del gobierno, asesinó, encarceló o exilió a más de cien diputados de la oposición. Hoy en día Aung San Suu Kyi, quien fue premiada con el Nobel de la Paz, aún sufre periodos de arresto domiciliario y Amnistía Interracial estima en 1.400 los presos políticos que todavía permanecen en las cárceles de Myanmar.

La ausencia de democracia, la falta de libertades básicas para la mayoría de los birmanos, los trabajos forzados y las matanzas organizadas por el gobierno sobre diversos grupos étnicos que pueblan el país han provocado fuertes sanciones por parte de la Unión Europea y los Estados Unidos. Myanmar es uno de los seis países que forman el llamado Eje del Mal junto con Irán, Corea del Norte, Cuba, Zimbabwe y Bielorrusia. El objetivo de estas sanciones es dañar a las empresas públicas que financian el régimen tras la negativa del gobierno a liberar a Aung San Suu Kyi, o negar la participación de los partidos de la oposición en cualquier tipo de diálogo, como en la redacción de la Constitución del país, por ejemplo.

Este “boicot” también es seguido por muchas organizaciones pro derechos humanos que promueven el boicot turístico a Myanmar. “No visites Myanmar hasta que lo haga la democracia” es uno de los dichos más frecuentes. El principal argumento que soporta esta postura es evitar que los dólares que dejan los turistas en el país financien la Junta militar y prolongue la agonía del país.

Evidentemente es una opción bien fundamentada, pero en opinión del que firma, y los pocos miles de turistas que visitan Myanmar al año, no parece claro que aumentar la situación de pobreza del país vaya a provocar la abdicación de la Junta militar, y mucho menos mejorar la situación de los birmanos. La alternativa al boicot es visitar el país, disfrutar de la experiencia procurando dejar la mínima cantidad de dinero en las empresas estatales, y a la vuelta, hacer lo que esté en manos de cada uno para llamar la atención públicamente sobre la situación del país. La visita de turistas extranjeros deja a los birmanos una agradable sensación de no ser olvidados y deja un poso de esperanza.

La cara amable:

La norma básica para el turista que decide visitar Myanmar es evitar en la medida de lo posible las empresas gubernamentales, como ciertas agencias de viajes, diversos hoteles y la mayoría de líneas turísticas de ferrocarril y barco. Inevitablemente una cantidad del dinero que uno se gasta en el país acaba en manos del gobierno; se calcula que un 20% entre visados, trenes e impuestos, pero con un poco de cuidado, el 80% restante recaerá en manos de la población. Por poner un ejemplo, un policía gana aproximadamente unos 10 dólares al mes, y un profesor de escuela no llega a los 15 dólares.

Si bien la experiencia de viajar por Myanmar es sumamente placentera, obviando el estado de las carreteras, las consecuencias de un gobierno dictatorial no pasan desapercibidas. La primera de ellas es el acceso al país. Solamente es posible entrar en Myanmar a través del aeropuerto internacional de la capital, estando prohibido acceder por tierra o mar. La verdad es que los birmanos lo tienen aún más difícil, puesto que necesitan un permiso especial y difícil de conseguir para salir de su país. La segunda consecuencia es el hecho de que una buena parte del país tiene el acceso prohibido a turistas. Esto ocurre principalmente todas las regiones fronterizas con otros países.

Aunque a un coste demasiado alto, el aislamiento que sufre el país ha librado a Myanmar de muchos de los problemas que sufren sus países vecinos, como la prostitución -incluida la prostitución infantil-, el tráfico de drogas, la miseria, o la inseguridad en las calles. Los birmanos se caracterizan por una bondad e inocencia totalmente inusuales, tanto que incluso resulta sospecho, y se necesitan unos días hasta que uno llega relajarse y aprende a confiar en la gente; un instinto que tenemos totalmente olvidado. Cuando uno decide visitar un sitio tan remoto como Myanmar, por lo general ya estará más que escaldado de haber sufrido timos y engaños por otros países del mundo, pero en Myanmar uno puede relajarse totalmente. No sé cuánto tardará en parecerse a su vecina Tailandia o India, y aunque en todos los sitios cuecen habas, en mi opinión, el momento de mayor inseguridad de unas vacaciones por Myanmar será la estación de autobuses de Avenida de América en Madrid, o el mismo aeropuerto de Barajas.

Desde el punto de vista turístico, Myanmar tiene unas cuantas perlas, la mayoría de ellas afortunadamente dentro de la zona de libre acceso al turismo. De éstas, lo más destacado podrían ser las pagodas y los templos alrededor de la ciudad de Mandaly, el llamativo lago Inle, con sus pueblos y cultivos flotantes, y Bagan, capital de un fastuoso reino medieval con unas 2.500 pagodas del siglo XIII distribuidas en una llanura de 40 kilómetros cuadrados.

Sin restarle interés a estos atractivos turísticos, lo más genuino y el mejor recuerdo que uno se llevará de Myanmar es el contacto con los birmanos, las risas con la gente en los mercados, las preguntas indiscretas de los mojes budistas, o esa conversación con el guía o con el conductor donde temerosamente, a riesgo de ser detenido por el ejercito, éste comenta la situación del país, y sobre todo, esa sensación de –así debía de ser la vida en la España de nuestros abuelos-.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Veli

Veli dijo

¡Me has despertado las ganas de visitar ese país!
Saludos amistosos.

23 Noviembre 2005 | 10:15 PM

esence

esence dijo

Yo trabajo en una mayorista de viajes y llevo el departamento de Asia. En referencia al artículo puedo decir que cada vez son más los españoles que viajamos a Birmania, por cierto, un país precioso. Y que animo a la gente a visitar, por sus costumbres, cultura y gentes entre otras muchas cosas. Eso sí, el Govierno de Birmania pone muchas trabas y muchas condiciones para tramitar los visados de entrada al país, cosa con la que no estoy de acuerdo, pues muchas veces cuando me toca contar todo lo que hay que tramitar para entrar, lo que vale y el tiempo que tardan, hace que los clientes pierdan un poco la ilusión.
De todas formas, yo por lo que sé y conozco os animo a ir!

25 Noviembre 2005 | 03:08 PM

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